jueves, 22 de mayo de 2014

TODOS LOS HOMBRES SON IGUALES



Tomás tomó el micrófono inalámbrico y camino hacia el altar, se puso con el rostro frente al crucifijo y de espaldas hacia los fieles. Nadie pudo distinguirlo.  No había tanta claridad en el altar. Entonces encendí la luz. 

El miró hacia donde estaba aquel Jesús crucificado. Parecía como si él
se sintiese como aquel hombre, sin alternativa de escape. Se estaba crucificando a sí mismo.

- Yo confieso a Dios todo poderoso...

Su vos era lenta como un sollozo, una imploración a Dios y ante sus hermanos, ante Renzo y su familia que absurdamente le perdonaran por sentir amor hacia un hombre.

- Y ante vosotros hermanos que he pecado mucho de palabra obra y omisión...

Era la primera vez que veía un gesto así. Un sacerdote sintiéndose pecador entre todos los fieles.
De espaldas hacia todos, pero todos incluido él con frente ante la imagen del crucificado.

- Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...

Cada golpe que Tomás daba en su pecho era un golpe realmente de dolor.

- Por eso ruego a Santa María virgen, a los santos y a vosotros hermanos...

Cuando dijo hermanos, lo dijo con fuerza.

- Que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor. - Se quedo en silencio por un momento.

- Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

- ¡Amén! - contestaron todos.

Tomás se dio la vuelta y lo primero que hizo fue mirar a Renzo y poner sus manos sobre el altar como si tratara de agarrarse. 

Renzo inmediatamente se hizo para atrás al darse cuenta quien era aquel sacerdote. 

Los dos se quedaron viendo a los ojos mientras que a mí se me heló la sangre. 

Renzo empezó a respirar aceleradamente.
Tomás se agarró del mantel del altar duramente y se quedo en silencio.

Una mujer que estaba sentada en la primera fila agarró duramente la mano de su esposo en el cual se veía furia en su rostro. El era alto, bien fornido y de aproximadamente unos cincuenta y cinco años.
Su rostro se iba poniendo poco a poco rojo. El era capaz de matar a Tomás. 

Había dos jóvenes junto a ellos que seguramente eran los hermanos de Renzo.
Ellos estaban atónitos ante semejante cuadro.

El silencio continuo. La novia veía a Renzo y luego veía a Tomás. Para los dos la novia no existía.
La novia tan solo trataba de explicarse qué era lo que  allí estaba pasando.
 
Tomás alzó la mirada al cielo y suspiró. Trato de armarse de valor para continuar con la parodia, pero la novia se adelanto
- ¿Qué pasa? - Ella  le preguntó a Renzo.

Renzo la quedo viendo por un momento y luego regreso a ver a su padre.

Por un momento en los ojos de Renzo brilló el deseo de venganza. Regresó a ver a Tomás, respiró profundo, se dio la media vuelta y empezó a caminar, dejando a la novia en el altar.

Ante la mirada atónita de todos los allí presentes, Renzo se dirigió hacia la salida de la iglesia.
Al ver salir a su prometido  por la puerta de la Iglesia. La novia se desmayó.

La gente reaccionó y se armó el alboroto. Varias viejas encopetadas fueron   a su  auxilio.

- ¡Pobrecita, mi reina! dejarla así plantada - dijo una.
- Todos los hombres son iguales...
- Tan bonita, y quedarse sola...
- Algo ha deber hecho este desgraciado...


Eran los comentarios de las distinguidas damas. 


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