jueves, 22 de mayo de 2014

NADA ES CASUAL EN ESTA VIDA



La hora del almuerzo fue adelantada porque a la una de la tarde había un matrimonio que tenía que celebrar padre Alberto.

- ¿Te sientes mal? - preguntó Miguel a Alberto al notar que se le veía cansado y comía muy lento.
- ¡No es nada! - contestó Alberto débilmente. 

- Alberto, noto que estas pálido. Yo voy a dar la misa. - le dijo Miguel. 

- No, tengo que darla yo, ellos son buenos amigos míos y son bienhechores de la comunidad.
   Yo les prometí que casaría a su hijo.
   No se preocupen. Casi siempre me pasa, pero enseguida me recupero.

De pronto, la cabeza de padre Alberto cayó de un solo golpe sobre la mesa y todos nos asustamos.
Sus manos empezaron a temblar.

- Esta con taquicardia - dijo Tomás. 

- ¡Llama inmediatamente al Doctor Andrade! - Ordenó Miguel.

Tomás se apresuró a llamar.  El doctor ordenó que le lleven a la clínica. Alberto estaba a punto de tener un ataque cardíaco.

Alberto perdió la conciencia, estaba todo débil. Tomás y Miguel lo cargaron y lo subieron en el auto de la comunidad.

- Tomás... ¡Tú tienes que realizar el matrimonio! - Ordenó Miguel.
- Bueno  - contestó Tomás. 

- Permaneceré en la clínica hasta ver lo qué pasa - nos dijo Miguel. 

- No te preocupes, anda con cuidado y llámame por cualquier novedad - le dijo Tomás.

Tomás y yo volamos a lavarnos los dientes y luego fuimos a la sacristía para alistar a Tomás para la misa. Un muchacho del recinto que hacia de sacristán ayudó a vestir a Tomás.


Abrí la puerta de la sacristía y vi que la Iglesia estaba llena. Un fuerte olor de perfume se percibía y se podía ver a las mujeres con sus mejores galas. El novio ya estaba con la novia esperando en el altar. El era un joven de 28 años muy apuesto, pero en su rostro había frialdad. La novia era más joven, unos veintitrés años aproximadamente. En sus ojos se podía ver que ella lo amaba. Aunque la novia veía al novio con dulzura, el novio parecía como si su mente estuviera en otra parte.

Cerré las puertas de la sacristía y dije a Tomás - Ya están listos, solo falta encender las luces del altar.
Tomás fue a consultar los nombres de los futuros esposos y abrió el libro de registros de misas.

- Francisco, imagínate, les voy a casar y ni siquiera los conozco. Ruego que no estén ninguno de los que me conocieron antes... 

- ¿Y si están?
- Bueno, de una vez por todas que le cuenten... 

- Yo creo que eso sucederá, incluso él podría ser un invitado.
- ¡No digas eso! Si eso pasa, me muero en plena misa - me dijo y nos reímos los dos.

De pronto la risa de Tomás se interrumpió. El se quedó estático mirando el registro. Su dedo apuntaba directamente hacia el nombre de los novios. Paso una y otra vez su mirada por los nombres  y se quedo inmóvil.

- ¡No puede ser!... No Señor... No, Dios mío...
- ¿Qué pasó  - le pregunté al verlo angustiado. 

- ¡Francisco!... Tienes que ayudarme... Tú tienes que dar la misa - Me dijo agarrándome fuertemente de los brazos.

Al oír aquello. Respire profundo - Dios, ¡ayúdame! - dije mentalmente, sintiendo que el frió se apoderó de mí.

- ¿Por qué?
- No puedo decirte -  y quedo mirando al sacristán.

- Por favor...  ¡Espéranos afuera - le dije al muchacho. El salió y cerró la puerta.
- Francisco tienes que realizar ese matrimonio - Me imploró. 

En aquel instante no sabía como decirle - No puedo.

La puerta de la sacristía sonó. Tomás se puso inmediatamente de espaldas.

- Padrecito, estamos esperando y padre Alberto no sale - me dijo una señora amablemente.
- Padre Alberto está en la clínica, pero va a salir un  reemplazo. 

- ¿Qué le paso? - Me preguntó llevando sus manos a la cara.
- Tuvo una taquicardia. 

- ¡Dios mío!  Esperaremos a que dé la misa padre Miguel.
- Miguel está en la clínica. Padre Tomás va a dar la misa. 

- ¿Es nuevo?
- Sí, él va a dar la misa. 

- Bueno, padrecito, esperamos...

Cerré la puerta y vi que tomas estaba con sus manos juntas orando angustiosamente. Me acerqué al registro para ver los nombres y repetí lo que dijo Tomás anteriormente - ¡No puede ser!

- ¡Somos hombres muertos! - me dije a mí mismo. Tomás que no podía aparecerse y yo que no podía dar una misa.

- Francisco ¡Tienes que dar la misa! - me dijo Tomás, y ya no era una suplica, era como si recibiese una orden. 

- No puedo - le dije. 

- Francisco, no quieres confesarme, no quieres dar una misa de matrimonio, ¿quién eres en realidad?
- Dios mío, ¡ayúdame! - fue lo único que alcancé a decir en aquel momento. 

- Tomás, no puedo casarlos. Tú estuviste con él ayer, tú amas  a ese hombre y él te ama a ti. Por más que diga "Lo que Dios a unido el hombre no lo separe", esa unión no será aprobada por Dios. ¿Entiendes?

- Entonces ¿Qué hago? - me preguntó suavemente y con sus  ojos casi llorosos. 

- ¡Sal y enfréntalo!  Si él te ama no continuará con esta parodia, si no te ama, se casará con ella.
- ¡Francisco! Voy a morir acribillado. Diego me matará.

- ¿Padrecito? - se oyó la voz de una mujer que venia de la puerta. Tomás inmediatamente se puso de espaldas. 


- Los invitados están esperando - me dijo.
- ¡Ahorita sale! - le respondí y ella regresó a su puesto. 

- No entiendo el porqué no me dijo que se iba a casar - dijo Tomás.
- Tú tampoco  le dijiste que estabas casado... y con Dios.

Tomás respiró profundo y se armó de valor.


- Francisco, no enciendas la luz del altar hasta que yo esté allí y pon atención por lo que pueda pasar porque necesito alguien que me defienda. Aunque sé que Diego fingirá, no hará nada contra mí durante la ceremonia, pero me matará cuando concluya...
- Si se llega a concluir... 

- Me mandas al patíbulo - me dijo con ojos de tristeza.
- ¡Se valiente! estaré orando por ti.
- No me queda otra alternativa. 

1 comentario:

  1. Nada ocurre por casualidad. Todo lo que pasa tiene un porqué. Tal vez tu cerebro no lo sepa, puede que jamás lo imagine. Pero tu corazón lo sabe. Tu corazón siempre lo sabe.

    Jorge Leandro

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