miércoles, 14 de mayo de 2014

LA TRAICIÓN DUELE



Hice maletas y me fui a la playa tratando de olvidar lo sucedido y de pasar unas buenas vacaciones pero algo extraño me sucedió.

Empecé a sentir que una espina invisible en mi interior atravesaba mi alma.

Tenía un dolor inexplicable, incomparable a cualquier dolor corporal.
Esa espina me obligaba a estar en silencio.  Me hacía que vaya de rodillas y le pida a Jesús que se apiade de mí, que tan solo sintiendo su presencia, El me aliviaría de aquel dolor. 
Fui a la playa para tratar de olvidarme de Joaquín, pero esa espina me hacía que lo recuerde todo el tiempo y sentía una tristeza profunda por él y por mí. 
Al volver a Quito, el 31 de diciembre fui a festejar con mis amigos el cambio de año.  Tomé  algunos tragos para poder sentirme feliz,  pero todo era un engaño. La espina cada vez iba atravesando más y más mi alma y su dolor ya me era casi insoportable que fui a casa,  caí de rodillas en mi cuarto y clamé a gritos: 
- ¡Ten compasión de mí!  Déjame sentir aunque sea un toque de tu presencia para que calmes mi dolor.   Y lloré porque ya no soportaba aquel dolor y parecía que El no escuchaba mis súplicas. 
- No me moveré de aquí hasta que sienta  presencia. - Le dije llorando. 
Luego de varios minutos sentí que una energía suave entraba en mi cuerpo y  calmaba un poco  mi dolor.  Sentí que alguien estaba junto a mí, me tranquilicé y deje de llorar.

Volví a escuchar aquella voz que me dijo - El dolor que sientes es para que entiendas como se siente cuando a uno le traicionan.  Te he dado todas mis bendiciones, incluso amor, pero tú no te dejas amar y te niegas a amar.

Yo he puesto a Joaquín en tu camino para que lo ames.
Tú cambiarás por él y él cambiara por ti.
A través del amor los dos me conocerán. 
Sentí un alivio que me quedé dormido, pero al otro día apenas abrí los ojos, la espina estaba conmigo. No se había ido. 
Aquella espina se volvió mi compañera.  Iba conmigo a todas partes y por la noche se volvió una aliada que no me dejaba dormir.  El dolor que me causaba era tan fuerte que me dejaba inmóvil. Trataba de rezar para que se vaya aunque sea por un corto tiempo,
pero no se iba y daba suspiros de dolor tan fuertes porque ya no la soportaba.
Entré en conflicto interior. Había estudiado tanto sobre mensajes que llegué a no creer en aquella voz.



- Benjamín, ¿Crees en los mensajes?
- ¡Depende!... Unos son inventados, otros son elucubraciones de la cabeza de uno y otros son de seres que no son de esta dimensión.
- Recibo mensajes...
- ¿Qué dicen?
- Que ame a Joaquín.
- ¿Joaquiiiin?
- Sí, Joaquín.
- ¡El es de lo peor! - me dijo Benjamín y luego se quedo por un momento pensativo.
- Creo que son de Jesús. - Me dijo.
- ¿Por qué?
- A él siempre le encanta pedir cosas difíciles.

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