jueves, 22 de mayo de 2014

¿ES CIERTO QUE AQUEL CURA ES MARICÓN?



La novia todavía no se recuperaba totalmente y se encontraba en el suelo.

- ¿Estas bien? - le pregunté.
- Sí padre, ya me siento mejor.

- Lamento mucho lo que paso, pero era preferible que pase.
- ¿Es cierto lo que dicen que aquel cura es maricón?

- No lo sé, me acabo de enterar.
- No deben permitir a maricones en la Iglesia - me dijo ella.

- Pero tú ibas a permitir a uno de ellos como tu esposo...

Ese rato ella abrió los ojos más de lo normal. Me quedo viendo como espantada y se desmayo.

- ¿Qué paso? - Me preguntó una señora al ver que la novia se volvió a desmayar.

- ¡Bendita prudencia! - le dije alzando mis hombros y me retiré y  otra vez cayeron las viejas pitucas a auxiliarle.

- ¡Pobre guagua!... ¡Como ha sufrido! - dijo una de ellas.

Una sensación de tristeza y confusión reinaba por todo lado. Las mujeres que tanto se habían arreglando, puesto sus mejores vestidos y perfumes iban abandonando el lugar, al llegar a la salida daban un suspiro. En pocos minutos la Iglesia quedó vacía con las flores y los adornos dentro. El sacristán cerró la puerta. Me senté frente al altar y se repetía dentro de mí aquella frase que Diogo me había enseñado en Conspiccius.

"Nada es casual en esta vida, todo tiene un propósito oculto.
Es Dios quien burlón, gusta disfrazarse de azar".

Mire a mi alrededor sentí un nudo en mi garganta y un sabor amargo en la boca.  

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