sábado, 31 de mayo de 2014

EL RAPTO

Una tarde estaba jugando en el jardín de la casa y arribó la camioneta de la comunidad.

- ¡Sube! - Ordenó el chofer. Al notar que no le hice caso dijo: 

- Madre Magdalena te espera donde el dentista.

Al ir por la carretera vi el letrero del "Holiday in". Luego tomamos otra vía y me di cuenta que no íbamos hacia donde el dentista.

- ¿Dónde vamos?
- Ya te dije que a donde el dentista - Contestó él. 

- El dentista no está tan lejos. 

- Madre Magdalena decidió tomar un dentista en Quito.- dijo el chofer molesto.

Llegamos  a una casa grande y entré corriendo para ver a madre Magdalena. En el interior me encontré con una pareja  que estaban sentados en un sillón y un hombre con terno y corbata estaba sentado detrás de un escritorio. Este ordenó con la mirada al chofer que se vaya.



- ¡Llévenselo! - Dijo él a la pareja.

Los dos se levantaron del asiento y aquel desconocido me agarró fuertemente del brazo y me haló. Sentí que el terror invadió mi ser.

- ¡Quiero ver a madre Magdalena! - Grité.

- ¡Jamás la volverás a ver! - dijo aquel hombre y me llevó hacia la calle agarrando fuertemente mi brazo. Yo casi iba arrastrado mientras pataleaba.

- ¡Quiero ir al convento! - Grité constantemente.

Ella me trataba de calmar, pero él seguía agarrándome fuertemente de mi brazo.
- ¡Quiero ver a madre Magdalena! - Grité.

- Te he dicho que a esa monja ya no la volverás a ver más - Dijo él enfurecido y me marcó apretándome fuertemente con sus brazos para evitar que escapara.

- Quiero ver a mi madre Magdalena - les dije llorando  pero ellos no me hicieron caso. 

La gente que pasaba a nuestro alrededor, me observaba extrañada.

- ¡Es un hijo malcriado!  No nos obedece - les dijo él y ellos se alejaban creyendo que era su hijo.

Seguimos caminando hasta tomar un taxi. Mis gritos ya se volvieron súplica. 

Mis gritos, eran constantes, mi terror aumentaba cada vez más. 

El seguía actuando fríamente mientras ella seguía tratando de calmarme.

- Cuando lleguemos a casa te doy un helado - me decía.

- Yo no quiero un helado, quiero irme a mi casa - le grité.


Llegamos a una casa pequeña, ellos me pidieron que beba agua para tranquilizarme. Acepté.
Sentí que mis ojos pesaban y me quede dormido.

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