viernes, 30 de mayo de 2014

EL LENGUAJE DEL SILENCIO

TRES MESES DESPUES


- ¡Bienvenido a Caracas! - le dio la bienvenida a Renzo su hermano.
- ¡Bienvenido a Francia! - le dio la bienvenida a Tomás un sacerdote.
- ¡Bienvenido a la Universidad Central! - me dio la bienvenida el profesor de Castellano.

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- ¡Estás con los del montón! - me dijo Gulnara.
- Me encanta la universidad del Pueblo - le dije.
- Todo mi sacrificio se ha ido por los suelos. - dijo ella decepcionada.
- Es por eso que escogí aquella universidad, porque no quiero seguir escuchando cuanto se sacrifica por mí.
- Esa universidad no es prestigiosa.
- A la final, es mi dinero.
- Has con tu dinero  lo que te de la gana - me dijo aquella mujer que olvido que algún día ella fue pobre. Ahora ya despreciaba a los de su clase.



- Me das un café - le pedí a un joven  que atendía el bar. El me sirvió el café y quedo viendo hacia mis ojos.

- ¡Es demasiado guapo!  Las mujeres tienen que acosarlo. - pensé al verlo y él inmediatamente esquivo la mirada.

Me reí al ver su actitud tan nerviosa.

- ¡Mejor olvídalo!  Un tipo con esa pinta difícil que sea homosexual. - Pensé.

- ¡Matías!, pásame un café - Gritó su madre.

- Es un nombre interesante. No conozco ningún Matías que no sienta debilidad por los de su mismo sexo.  - me dije sonriendo. Tomé mi café y me fui a sentar a la mesa.





 
- Un cigarrillo, por favor - le pedía a Matías. El tomó uno de la cajetilla y me lo pasó. 


- Un fósforo. ¡Por favor!

Encendía mi cigarrillo y le devolvía la caja.

- Gracias. -le decía y el tan solo hacia una leve venía. No pronunciaba palabra. Al rato él encendía un cigarrillo y me quedaba viendo.

Este ritual se repetía a cada cambio de hora en la Universidad.



ENTRE AMIGOS

- ¿Julio, has visto a Pablo?
- Sí, va por su segundo matrimonio. 

- Es preferible que cambiemos de tema - le dije. 

- ¿Sigues viendo al  chico del bar?
- Todos los días, me he vuelto un adicto al cigarrillo...y a él... 

- ¿Te gusta?
- Sí, me gusta verle... 

- Pero... ¿Te atrae sentimentalmente?
- No, los dos nos caemos mal. 

- ¿Por qué? 
- El es muy serio, y yo soy medio loco.

- ¡Loca! - me corrigió.
- Julio, no me siento mujer... 

- No importa, pero los dos siempre seguiremos siendo nañitas.- Dijo Julio abrazándome.
- Parece que ese tal Matías te ha hecho olvidar a Pablo.

- No lo creas. Pablo está en mi mente y en mi corazón todos los días.
- ¿Si tuvieras que  escoger entre Pablo y Matías?

- Me quedo con Pablo.
- ¿Por qué? si  te ha hecho ya dos cagadas. 

- Pablo es rico y sencillo, Matías es un pobre arrogante.
- Creo que estas obsesionado por Matías - Dijo Julio. 

- Creo que sí. Voy a dejar de verlo.
- ¿Por un largo rato? 

- No, tan solo por ocho días, son suficientes para poner en orden mi cabeza y dejarme crecer la barba. Voy a cambiarme de look. 

- Vas a ser un fenómeno. ¡Una mujer con barba! - dijo Julio en tono burlesco. 

- Ñañita querida, si sigues hablando... ¡Mueres! - y le pellizque su brazo. 

- Si no me respetas como mujer, ¡respétame como ecuatoriana! - me dijo él apartando en forma brusca mi mano de su brazo y siguió caminando delante de mí de una manera afeminada que lograba hacerme reír.




Después de ocho días volví al bar, apenas entré encontré que Matías estaba sentado en una mesa observando hacia la puerta.

Al verme, se levantó inmediatamente, con su mirada me dijo que estaba enojado y se metió a la cocina, de allí no volvió a salir mientras estuve bebiendo un café.

Volví a la siguiente hora. Y él no apareció. A la siguiente hora paso lo mismo. Al siguiente día, no asomó, aunque su auto estaba parqueado fuera. Al tercer día, tampoco apareció. Era lógico que él no quería verme. Al cuarto día, no asomó para nada aunque su madre lo necesite porque el bar estaba lleno.

Ni el quinto, ni el sexto, ni el séptimo. Al llegar el día octavo fui corriendo a medio día al bar.  Matías estaba atendiendo. Me sorprendí al verle y él me miró con ojos de dulzura. 

Mis ojos demostraron felicidad al verlo.
El conocía perfectamente el lenguaje del silencio. Apareció después de ocho días y con su barba crecida.


- ¡Hola! - Salude a Matías al verlo en la calle.

El no respondió mi saludo y siguió caminando fingiendo no conocerme.

- ¿Y a este qué le pasa? - me pregunté.

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