viernes, 30 de mayo de 2014

¡AL FIN LAGRIMAS DE FELICIDAD!

Llegué a casa de madre Magdalena. Era una quinta con muchas flores a la entrada.

Dos niños salieron a recibirme. Ella era rubia de ojos azules y tenía como unos doce años.
El era trigueño, ojos y pelo negros y parecía que tenía unos diez años.

- Ellos deben ser criados por madre Magdalena - pensé al verlos con dulzura.
- Hola - me saludó ella. 

- Hola, ¿Esta madre Magdalena?
- ¿Tú eres mi chinito ? - me preguntó.
- Sí.

Ellos abrieron rápidamente la puerta y salieron corriendo gritando:
- Mamá, mamá, Francisco está aquí.

Caminé lentamente dirigiéndome hacia la casa.  Tuve una sensación rara dentro de mí.
Cuando llegué a la puerta de la casa salió una mujer de unos setenta años, no llevaba hábito.
Su pelo era corto y su rostro reflejaba dulzura y ganas de verme.

- ¡Mi chino!, mi chinito . ¡Por fin juntos!

- ¿Madre Magdalena?- pregunté  tratando de comprobar si era ella.
- Si, soy tu madre Magdalena - me dijo con su rostro lleno de felicidad y se apresuró abrazarme. Mi corazón sintió una inmensa alegría al verla de nuevo. 

Yo no sabia el porqué me decían chino. Cuando yo había nacido , a los 15 días mi madre biológica me dejó en el convento sumamente enfermo y desnutrido. Estaba muy palido, el color de mi piel era muy amarillo, y es por eso que las religiosas me habian puesto de apodo "chino". 

- ¡Estas delgado, todo un hombre!. Te veo tan diferente...
- Son diecisiete años que no nos vemos - Le dije riéndome. 

- Tengo unas fotos tuyas cuando eras niño, las he guardado como si fueran oro.
Te las voy a enseñar.

Madre Magdalena me invitó a pasar a la sala y empezamos a conversar y escuchó mi relato.

- La mejor obra de caridad que esa mujer pudo haber hecho contigo era el dejarte aquí.
No hubieras sufrido tanto. 

- Ellos me dijeron que ustedes no podían mantenerme. 

- ¡Mentira! - dijo enfáticamente - Nosotros teníamos ya programado tu futuro hasta que Raquel se metió. 

- ¿Quién es Raquel? 

- Es Raquel Villaquirán. Es aquella que cuando hubo el escándalo de las lesbianas en el Colegio la Inmaculada dijo que las cartas eran una obra de arte. Ella actualmente ya no es monja. 

- ¿Y qué tiene que ver ella en esto? 

- Ella era la trabajadora social del "Buen Pastor" en aquel tiempo y junto con el Dr. Rodrigo Campana planearon tu  rapto. Ella te entregó sin avisarme a aquella familia. Cuando le reclamé me dijo que no era mi misión educar niños.

Yo tenía la potestad para educarte. A ningún momento fuiste dejado por tu madre para darte en adopción. Nosotros te buscamos por todo lado para traerte de nuevo a casa, pero cuando dábamos con la dirección o con los datos de tus padres adoptivos, enseguida se cambiaban de dirección. Nos tenían prohibidas el ingreso al banco donde trabajaba tu  padre adoptivo.

Después de varios años nos dijeron que estabas en la Academia Militar Ecuador. Nos impidieron verte diciendo que había una orden para que nadie te vea.

- ¡Qué raro!, ¿Conoce usted a Gulnara?
- No, jamás la conocí. 

- ¡Gulnara es una infame! - pensé al oír aquella respuesta. 

- Cuando tú tenías once años, me llamaron a declarar al tribunal de menores. Tu padre adoptivo estaba  enfermo de muerte. Al  morir él, tú hubieras regresado con nosotras pero él había firmado un documento reconociéndote como hijo propio. Sus abogados me dijeron que tú estabas muy bien y que eras la adoración de tus padres. Que era preferible que no me veas porque sería muy dañino para ti acordarte de tu pasado.

- Mi pasado fue mejor a la realidad que viví con ellos.

- Tu madre te buscó hasta que tú tenías unos trece años.
Ella perdió las esperanzas de encontrarte y no volvió más por aquí. Lo último que supe de ella es que se hizo prostituta. 

- Ese dato si sabe Rosa - pensé inmediatamente. 

- Francisco deja todo a Dios. El sabe porque hace las cosas. Lo  importante es que estamos de nuevo juntos. En la parte  posterior de la quinta existe una casa pequeña que construí  para un cuidador. Prefiero que tú vengas a vivir allí y   estés junto a nosotros.

Un gesto de alegría y agradecimiento se notó en mi rostro.

Ese momento entraron Susan y Marcos, aquellos niños que abrieron la puerta.

- Mi mamá habla mucho de ti - me dijo Marcos.
- ¡Eres su hijo adorado! - me dijo Susan. 

- Ahora tengo tres hijos adorados - dijo felizmente madre Magdalena.

Al siguiente día estuve arreglando mis cosas en la casa que madre Magdalena había hecho para el cuidador. Al llegar la noche y ver las estrellas tan solo pude decir - Dios, gracias por haberme devuelto al hogar donde nunca debí haber salido – y  por fin salieron de mí lágrimas de felicidad. 


Madre Magdalena Rueda, junto a Susan y Marcos 

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